Las series
de televisión que tratan la vida escolar, por lo general, han
transformado la visión del sistema educativo de muchas personas
desde el momento en que este tipo de series presentan las
excepciones como lo típico, como lo normal o habitual en las aulas.
Estas series
hacen daño tanto a la educación como a los adolescentes desde el
momento en que parten de personalidades manidas, encasilladas en su
rol. Estas series hacen que los roles ficticios (extremadamente
exagerados) se reproduzcan en las aulas reales porque tanto los niños
como los adolescentes imitan y se identifican con lo que observan.
Este tipo de
series se venden con la idea de que al verlas los adolescentes puedan
evitar padecer las tragedias que les pasan a los protagonistas de las
series, pero, en realidad, parecen provocar todo lo contrario. Parece
que, más bien, incitan a los niños a la imitación. Pero el daño
que causan no sólo se limita a esto último, sino que también
terminan por identificar (etiquetar) a sus compañeros con personajes
(personalidades) de esas mismas series.
Además, en
este tipo de series la educación juega un papel anecdótico. Si bien
es cierto que la acción tiene lugar en un Instituto, la mayoría de
secuencias son rodadas en la entrada, baños o descansos y no en las
clases. Este hecho favorece el pensamiento general de que en el
Instituto, los adolescentes, no hacen más que perder el tiempo. Da
la impresión de que la motivación de los alumnos para ir al
Instituto reside en ligar y en drogarse. Se da la impresión de que
en los Institutos se realiza una educación no-formal (Las escenas de
enseñanza, por lo general, no incluyen profesores sino que tienen
lugar entre el alumno espabilado y al alumno sumiso) dado que no
observamos secuencias de educación formal (es decir, de cómo son
las clases en la actualidad).
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